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¡Yo no me dejo¡

Por: José Alfredo infante Carmen El Iconoclasta

Don Josè Vicente Ràzuri aparte de escritor siempre fue un tipo que se las traía. Fue subprefecto de Piura varias veces.  El hombre era un eximio jinete a la vez que diestro con el revolver.

El asunto está en que allá por el año de 1919 siendo, precisamente subprefecto, tenía que lidiar siempre con un ratero incorregible apodado Robeco. Habitualmente el susodicho ratero entraba y salía de la cárcel como Pedro por su casa. Casi todos los meses era puesto a disposición de la autoridad por robos con fracturas, forados o escalamientos. Donde estaba Robeco los robos y las broncas eran seguras.

Resulta que un día a Robeco se le ocurre robar, con forado y escalamiento incluido, el domicilio del señor Ricardo Seminario Aramburú quien era amigo del joven escritor. Don Vicente Ràzuri dispone que los gendarmes (así se llamaba a la policía de principios del siglo pasado) localicen y atrapen al escurridizo Robeco. Pero del facineroso no se conocía ni el rastro. Menos de su sombra.

Hasta que un día llegó a oídos del subprefecto que Robeco caminaba sosegadamente rumbo al camal.

Ni corto ni perezoso y más volando que corriendo don Vicente Ràzuri monta su caballo y logra darle alcance a Robeco y haciendo dos disparos al aire lo conmina a que se detenga. Pero como esas cosas no iban con Robeco, éste hace caso omiso al “requerimiento “y se lanza al río ante la impotencia de don Vicente Ràzuri, desapareciendo bajo sus turbias aguas.

Sin embargo, a las pocas horas Robeco es capturado debajo de un arbusto descansando de la dura prueba a que había sido sometido. Fue entonces que el subprefecto dispone que el gendarme Juan Ojeda hiciera guardia esa noche en el calabozo donde se encontraba detenido el incorregible ratero.

Como la noche estaba fría, el gendarme se abriga con una frazada mientras que con un ojo “dormía “y con el otro “no le quitaba la vista encima al polizonte “. Hasta que el sueño lo venció.

Al despertar con la primera luz de la mañana, lo primero que observa asombrado es que Robeco habíase fugado llevándose su frazada.

Enterado de la audaz fuga y herido en su amor propio don Vicente Ràzuri enojadísimo le manifiesta al gendarme “no es posible que mi autoridad quede en ridículo ante el público que me ha visto correr a caballo, disparar mi revolver con solvencia y encima movilizar tropas detrás del ratero … asì que vaya usted e informe que Robeco ha sido fusilado detrás del panteón …”

Empero, a los 15 días del hecho, el doctor Francisco Urteaga Presidente de la Corte Superior se topa con Robeco por el barrio de San Sebastiàn y, sorprendido, le pregunta ¿Cómo ?, me habían dicho que lo habían fusilado. A lo que Robeco, muy suelto de huesos él, le responde ¡No señor! Si hubiera sido así, habría venido a ver a su señoría para denunciar tal crimen. “A mí con esas, Yo no me dejo “…… Hasta la edad de 70 años Robeco todavía le entraba al robo.

Esto sucedió en el mes de noviembre del año de 1919.

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